26/11/2014
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Cosas que no debes hacer si quieres ser escritor... PDF Imprimir E-Mail
martes, 17 de enero de 2012
Francisco Angulo

...sobornar a las editoriales
Ahora mismo no recuerdo bien quién me comentó lo de impresionar a las editoriales...
¿Con la inmensa cantidad de manuscritos que reciben a diario piensas que se van a parar a leer el tuyo? Tienes que hacerte notar, ya sabes como funcionan las cosas en España...
Realmente en aquel momento estaba desesperado y hubiese hecho caso de lo que me aconsejase cualquier pirado. He enviado manuscritos a las editoriales desde que terminé mi primera novela, cuando contaba con dieciocho o diecinueve años.

Recuerdo que el primer borrador estaba mecanografiado, no lo tenía digitalizado y bajé con él a la fotocopistería.

Hágame 10 copias por favor, a una sola cara y con perforaciones para archivador.

Estaba tan emocionado... Busqué en la guía telefónica, las direcciones de las editoriales más relevantes, preparé un paquete con cada manuscrito y me presenté con ellos en la oficina de correos. El envío me costó un riñón, pero ni siquiera reparé en ello, solo pensaba en la cara de sorpresa que iban a poner los editores cuando leyesen mi novela.

Todos los días bajaba y abría el buzón, si no encontraba indicios de que hubiese pasado ya el cartero esperaba un rato y volvía a bajar. Algunos días pasaba cuatro o cinco veces, pero nunca recibía nada, todo lo que llegaba era publicidad y si encontraba algo de correspondencia estaba destinada a algún familiar y no era de mi incumbencia. Muchas veces salía a la calle a buscar al cartero, el hombre que ya me conocía, nada más verme me decía con un gesto de cabeza que no tenía correspondencia. Pasaron más de tres meses y cuando ya había perdido el hábito de fisgonear en los buzones y martirizar a los carteros con mis persecuciones, apareció un pequeño sobre en el buzón, firmado y estampado por una editorial. Agarré el sobre en las manos y no perdí tiempo de esperar al ascensor, corrí escaleras arriba, si pensar que vivía en un noveno y a eso del tercero ya estaba echando las tripas. Nada más llegar a mi casa, me metí en mi cuarto y con las manos temblorosas abrí el sobre con cuidado de no dañar el valioso contenido. Mi cara quedó como un poema y todo mi gozo se vio en un pozo cuando leí aquel comunicado:

     Sentimos informarle, que su obra no se adapta a nuestra línea editorial...

Eso era todo, unas cuantas palabras, ni crítica, ni tan siquiera una valoración, únicamente el sabor amargo de la decepción.

Con el tiempo fueron llegando más cartas, todas con las mismas palabras, pero no me desanimaba, yo continuaba escribiendo y enviando más y más manuscritos con infinitos relatos. Pasaron cinco, diez y hasta quince años y las cartas con la repetitiva contestación, llenaban ya más de un cajón. Fue en ese momento cuando fruto de la desesperación se me ocurrió lo de la impresión.

Tienes que hacerte notar: hay quien envía sus libros encuadernados y quien los manda estampados o incluso perfumados.

Recuerdo, que algo así fue lo que me dijo uno de mis amigos y colega escritor.

    Eran ya vísperas navideñas, aun siendo estas fechas andábamos tan mal de pasta, que hacía por lo menos tres meses que no comía un bocata de jamón o degustaba un buen chuletón. Aun así, decidí que era más importante invertir mis últimos ahorros en comprar jamón, para enviarlo a las editoriales como carta de presentación.

Carta Jamón

Un buen amigo y colega escritor, me ha comentado que para llegar a un acuerdo en España es habitual regalar un jamón.
He intentado por todos los medios meter el jamón dentro del sobre, pero no había manera, así que definitivamente he optado por enviarlo en lonchas bien envasado. En esta carta adjunto la primera entrega.

PD: Temiendo que el jamón se echase a perder he decidido comérmelo yo.

Francisco Angulo

https://www.smashwords.com/profile/view/angulo

 
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