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Eduardo Celades
Escrito por Eduardo Celades.-
Berrtrand Tavernier rodó hace años una película con este título, muy dura, también hermosa, de esperanza y denuncia. En un colegio francés de una zona deprimida (paro, alcoholismo, frío y pobreza, desesperación por vidas sin futuro) un pedagogo lucha contra el entorno para lograr que sus alumnos, frágiles niños de miradas de aguasal, consigan ser, entendiendo como tal que consigan llegar a desarrollar en el futuro sus capacidades como personas, como individuos y como ciudadanos.

 Escribo estas reflexiones desde un lugar muy lejano a aquella Francia desnudada por Tavernier, y a aquella lucha de niños insumisos a su fatum. Pero, por varias razones, hoy también empieza todo. Hoy, aquí, en Mozambique, en Ndjavela.
 
 Esta mañana, con la lógica demora que envuelve a todo lo importante, han comenzado las actividades del Hospital de Día de Ndjavela. El contexto de este comienzo es complejo, y ha variado mucho desde que Médicos del Mundo comenzó a trabajar en proyectos de SIDA en Mozambique hace casi 5 años, después de aquellas inundaciones que anegaron las machambas y encharcaron en matope los precarios sueños de tantos mozambiqueños.
 
La lucha contra el HIV SIDA en África es complicada, ardua, mudable. Primero fue un GATV (gabinete donde se realiza el test HIV a aquellas personas que desean conocer su estatus serológico), después la construcción de una maternidad, un programa de sensibilización, el apoyo con medicamentos, las formaciones,… Se ha hecho mucho, se ha luchado mucho, se ha soñado mucho. Como diría Mia Couto, el probablemente más sorprendente escritor mozambiqueño, se ha esperanzado mucho. Y aún así nunca era suficiente, siempre hemos estado un paso por detrás de la enfermedad, convertida ya en desoladora epidemia.
 
 Pero, también en palabras ajenas de revoluciones olvidadas, la lucha continúa! Los expatriados de MdM (Miguel Ángel, Sandra, Pablo,…), nuestro personal local, tan entregado, tan conscientes de las necesidades de sus compañeros-ciudadanos  (Isaac, Mario, Sidalia, Lita,…), el personal del Centro de Salud (Ema, Crimilde, María,…), todos, tanto tiempo, tantas veces, pusieron los cimientos y las piedras, virtuales, de este Hospital de Día que hoy comienza. Y, al fin, hoy empieza todo, comienzo que no es sino un continium del esfuerzo de muchos, y de la tenacidad de tanta gente, de tantas llamas, que se niegan a apagarse en silencio.
 
La primera paciente fue una mujer, rostro de la pandemia. Alexandra es su nombre. Le siguieron Manuela, Bento, Lydia,… perdí ya los nombres, no así sus caras, que siguen aún ahora pasando en mi retina como planos-secuencia de un documental que es la vida de un país.
 
 Hoy empieza todo. A partir de hoy tienen acceso a tratamiento antiretoviral, aquel que permite realmente combatir la infección, alargar la vida y atisbar, un poco, un futuro. Un distrito de 600.000 personas, con un 20% de infectados (es decir, unos 120.000), que hasta ahora fallecían en un rincón de alguna olvidada estadística. Ahora se abre una oportunidad, aún así insuficiente. No habrá tratamiento para todos los que lo precisen. Y los que lo obtengan seguirán sumidos en el fango de la pobreza (aquí, más que en ningún sitio, paro, alcoholismo y desesperación por vidas sin futuro).
          
 Así, Alexandra, Manuela y Bento, Lydia, atrapados entre la enfermedad y la miseria, se niegan a rendirse, y hoy, al empezar todo, tienen, por fin, la esperanza de ser personas, individuos y ciudadanos. Por ellos mismos. Por sus familias. Por su país, y también, por todos nosotros.
 
 Hoy empieza todo, amigos. La lucha continúa!

Eduardo Celades - médico